Lágrimas corrían por mis mejillas sin parar. No quería
llorar, pero tampoco deseaba que cesaran.
Había pasado una semana maravillosa junto a él y, ahora, ese
tiempo se nos agotaba. A pesar de vivir ambos en la misma ciudad, yo notaba que
algo se me desmoronaba. Veinticuatro horas del día juntos pasarían a convertirse
en sólo unas pocas horas a la semana.
Le abracé, me dejé embriagar por su calor, por su olor, por
su ternura, mientras notaba cómo correspondía a mi abrazo.
Allí, con él al lado, era como mejor me sentía. Le tenía
junto a mí, y él me envolvía con su brazo haciéndome sentir muy pequeñita y muy
segura a la vez.
Nos quedamos en silencio, intentando ambos que yo dejara de
llorar, tarea que se había convertido en difícil.
- Para el tiempo, por favor, páralo –le dije.
Él, sin decirme nada, se limitó a mirarme con aquellos
profundos ojos marrones, me cogió de la barbilla muy dulcemente y me besó.
Realmente, al principio no entendí bien por qué lo hizo justo
en aquel momento pero, conforme más tiempo pasaban sus labios sobre los míos,
pude comprobar que esa era la forma más maravillosa de hacer que las agujas del
reloj se detuvieran.
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