jueves, 17 de octubre de 2013

Que se pare el tiempo un momento

Lágrimas corrían por mis mejillas sin parar. No quería llorar, pero tampoco deseaba que cesaran.

Había pasado una semana maravillosa junto a él y, ahora, ese tiempo se nos agotaba. A pesar de vivir ambos en la misma ciudad, yo notaba que algo se me desmoronaba. Veinticuatro horas del día juntos pasarían a convertirse en sólo unas pocas horas a la semana.

Le abracé, me dejé embriagar por su calor, por su olor, por su ternura, mientras notaba cómo correspondía a mi abrazo.

Allí, con él al lado, era como mejor me sentía. Le tenía junto a mí, y él me envolvía con su brazo haciéndome sentir muy pequeñita y muy segura a la vez.
Nos quedamos en silencio, intentando ambos que yo dejara de llorar, tarea que se había convertido en difícil. 
  
          -    Para el tiempo, por favor, páralo –le dije.

Él, sin decirme nada, se limitó a mirarme con aquellos profundos ojos marrones, me cogió de la barbilla muy dulcemente y me besó.

Realmente, al principio no entendí bien por qué lo hizo justo en aquel momento pero, conforme más tiempo pasaban sus labios sobre los míos, pude comprobar que esa era la forma más maravillosa de hacer que las agujas del reloj se detuvieran.

No hay comentarios:

Publicar un comentario