Y tal vez un día seas capaz de darte cuenta de que las cosas
no son así.
<<Abre los ojos, niña>>, me digo. No esperes de
la gente aquello que tú haces por ellos. Eso es sólo fruto de tu imaginación,
fruto de tu inexperiencia inocente, fruto de tu “no querer creer”.
Sin embargo, poco a poco te vas dando cuenta de que la gente
se acostumbra. Se acostumbra a la buena vida, a que todo se lo den hecho y
mascado. Pero no, no siempre puede ser así.
Una y otra vez volverás a pensar “¿qué hago mal?”. Y seguirás
sin entender. Seguramente, no estés haciendo nada mal. Seguramente, es que
sigues esperando de las personas cosas que por ellas mismas no son capaces de
darte. Seguramente, para ti un simple gesto es todo un mundo, y para otras
personas es solamente una cosa minúscula que no hace falta demostrar.
Una disputa, y otra, y otra. Me quemo. Mi corazón arde, me
desarmo, lloro. ¿Y qué más da, si no van a comprender? ¿Qué importa cuánto
estés sufriendo, si eso es solamente cosa tuya?
Te hacen creer que tú eres el error. No eres el error. El
error se forma cuando no se quiere ver, cuando no se quiere entender.
Yo, mí, me, conmigo. Maldita frase egoísta.
Pedimos cariño, pedimos que nos entiendan, que nos escuchen,
que sean capaces de ver aquello que otros no pueden. Porque por ello sois especiales
para alguien, porque por ello sois su mayor apoyo.
Te necesito tan cerca que incluso ardes al tocarte. Pero
también congelas cuando te distancias.
Tan cerca y a la vez tan lejos. Tan cerca de mi cuerpo, pero
tan lejos de mi alma.
Y esto es una historia que no para de repetirse una y otra
vez. Y una y otra vez te desmoronas, aunque intentas sobreponerte. Pero todos
tenemos un límite, aunque no lo queramos. Y, a veces, el sufrimiento es tan
grande que termina desbordándose. Termina haciéndote decir cosas de las que
luego puedas arrepentirte. Y así una y otra vez, una y otra vez, pero… ¿hasta
cuándo?