lunes, 29 de agosto de 2011

Por su sonrisa

Juan caminaba aquella mañana solo. Su familia había partido de visita hacía poco a Santander. El puerto lucía un sol espléndido y unas aguas adormiladas moviéndose al son de aquel tranquilo lugar. Los rayos de aquella esfera anaranjada incidían sobre su blanca piel, provocándole una agradable sensación.

Solía pasear con sus nietos por allí, una niña muy activa de cuatro años y un niño que no podía serlo. Una enfermedad le había quitado parte del movimiento propio. Su hija y su marido hacían cuanto podían por él, pero por mucha ayuda, aquello no era suficiente.

- Hola.

El dueño de uno de los barcos saludaba a Juan con su típico aire cordial. Sí, conocía muy bien a aquel hombre… y también parte de su dolorosa vida.

Marcos conducía en coche, una noche serena, tranquila, con indicios de perfecta, cuando venía camino a recoger a su mujer y su hija que habían estado viendo una obra de teatro. Ellas y su afición, pensó.

La carretera era antigua de doble sentido y las líneas no estaban bien señaladas. La suerte tal vez no le sonriera en ese momento, y otro vehículo se les interpuso por medio.

Sólo sobrevivió él. Nunca podrá perdonarse el haber matado a su familia. Todos intentan hacerle entrar en razón, convencerle de que no fue su culpa, pero ante tal dolor, es difícil ser racional.

- Bueno días, Marcos –saludó el anciano.

El hombre se entristeció al no ver a los pequeños.

- Los niños… ¿hoy no le acompañan?

- No, hoy no. Están en Santander.

- Vaya… qué pena, tenía ganas de ver a Gabriel.

Juan no pudo evitar sonreír.

Tal vez, Marcos se habría quedado sin familia, pero había encontrado una nueva en ellos, porque, como bien decía él, no había nada que le alegrara más que ver la sonrisa del niño cuando lo aproximaban en su silla hasta él. Y esa mirada que le lanza con esos grandes ojos oscuros cuado va a darle un beso… le inspira un ánimo que ni muchos podrían proporcionarle.

Ciertamente, Gabriel habría perdido movimiento, pero con la mirada podría mover montañas, de eso Marcos estaba seguro, porque sabía canalizar todos sus sentimientos a través de ella. Sentimientos puros, limpios… completamente sinceros, que ansiaba con fuerza mostrar al mundo. Su mejor manera de expresarse, de hablar, de hacer sentir feliz a la gente.

- ¿Me haría un favor? –pidió el navegante.

- Claro –convino Juan.

- Dígale a su hija, que mañana a las diez de la mañana, tocaré la bocina de mi barco muy fuerte sólo por el pequeño.

El anciano no pudo evitar poner una cara de sorpresa, sin embargo, se repuso enseguida y asintió silenciosamente.

A la mañana siguiente, la madre del niño miró el reloj y en cuanto Gabriel comprendió lo que hacía su madre, una sonrisa inundó su cara, transmitiéndole una alegría extrema, porque sabía, de alguna manera, que alguien se estaba acordando de él, alguien con el cual compartía un dolor parecido: escasez de movimiento en el cuerpo, escasez de movimiento en la vida.

Porque una sonrisa vale más que un conjunto de palabras. Porque con una de ellas, puedes hacer feliz a las personas. Porque siempre se debe sonreír. Porque puede hacer aflorar otra en cara ajena. Porque gracias a ella… Marcos ha encontrado un significado a su vida, que le permite seguir con las ganas de afrontar aquello que se le interponga.

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