domingo, 31 de julio de 2011

El ramo de margaritas

El pequeño corría con aplomo. No estaba dispuesto a impedir que nada ni nadie se interpusiese en su camino.
 
Había abandonado el antiguo edificio hacía tan solo unos segundos y, ahora, se adentraba por el campo que se abría ante él. Tenía que darse prisa. Los del centro de acogida no debían echarle en falta. Además, sus compañeros huérfanos le habían prometido enseñarle un nuevo juego.
 
No habían pasado apenas tres meses desde que su padre falleció, perdiendo con él su única familia: su madre murió mientras daba a luz.
 
Pronto, llegó a su destino: un inmenso prado repleto de flores, el cual divisaba desde la ventana de su cuarto. Rápidamente comenzó su tarea y se dispuso a coger un enorme ramo de margaritas.
 
Unos minutos más tarde, se adentraba de nuevo por el rústico portón del edificio, llevando entre sus manos el ansiado ramo.
  
-      ¡Luis! ¿Me puedes explicar a dónde has ido? Sabes que está prohibido salir solo. Además, te hemos estado buscando para el juego –le rió una mujer que ejercía de cuidadora. 
-      Lo siento mucho, Lidia –el niño bajó la mirada, avergonzado-. Sólo quería regalarte esto –le tendió el ramo.
-      Pero, ¿por qué? –se asombró ella.
-      Hoy es el día de la madre, y yo te quiero mucho –hizo una pequeña pausa-. Además, eres lo más parecido a una madre que he tenido nunca.

De repente, la mujer le dio un fuerte apretón.

-      Muchas gracias, cielo. Pero esas flores tendrían que ser para tu mamá, no para mí.

Luis se separó un tanto, sacudiendo la cabeza.

-      También hay para ella –le mostró el otro ramo-. No me olvidaría jamás –abrió mucho los ojos.

Lidia cogió las flores y se las acercó al pecho al tiempo que pasaba sus dedos por encima con mucho mimo.

*     *     *

Treinta años después, Luis volvía a llevar dos ramos de flores el día de la madre.

Encontró pronto lo que buscaba y depositó lentamente las margaritas sobre el frío mármol.

Después, hurgó en su chaqueta hasta que halló un papel blanquecino. Lo colocó debajo del ramo para impedir que saliera despedido con el aire.

Despacio, rozó con las trémulas manos la lisa superficie de la tumba, dedicándole unas sutiles caricias y trató de impedir que lágrimas salieran desbordadas enloquecedoramente por sus mejillas. «Le prometí no llorar», se recordó.

Luego, se limitó a coger el otro ramo de flores y fue en busca de la tumba de su madre.

Una leve brisa despertó, haciendo bailar con ella al fino papel, que dejó entrever unas palabras: «Porque aún te sigo queriendo»

jueves, 28 de julio de 2011

Recuerdos del ayer

Supongo que las cosas no siempre salen como uno piensa. Se comienza con una ilusión, un sueño que muchas veces puede llegar al final de ese jardín de la alegría y convertirse en un oscuro túnel, dejándote únicamente envolver por la soledad. Mucha gente a tu alrededor pero nadie a la vez. Dejas pasar el tiempo y poco a poco, las heridas se van cicatrizando, van siendo curadas. Comienzas a ver resquicios de una esperanza. Sin embargo, los recuerdos acechan con volver a tu mente atravesándote como taladros hasta la región más recóndita de tu cerebro. Quieres expulsarlos, ignorarlos, pero no es tan fácil. La nostalgia acude a tus ojos en formas de gotas saladas, dejándose resbalar por esas mejillas ahora sonrosadas imposibles de apagar…

Es cierto, los recuerdos hacen daño, pero más duele una comparación del presente y del pasado. Desearías volver atrás y poder evitar muchísimas cosas que ya no tienen remedio y han estropeado lo que más te importaba antes todo.

Los minutos continúan pasando y el segundero girando. Sigues andando sola, suspirando a cada instante, expulsando  a través de tu respiración todo el sufrimiento y transformándolo en una paz interior que, a pesar de todo, no logra calmarte pero que, poco a poco, va tranquilizándote.

Cuando piensas que sigues encerrada en ese oscuro túnel, cuando crees que nunca vas a poder escapar de él, huir del pasado y buscar tu futuro, es entonces cuando ocurre. Una luz puede vislumbrarse al final de aquel corredizo. Intentas correr, escapar de allí, sin embargo, el miedo te hace resbalar, y a cada caída aquella claridad se aleja, haciendo sumirte de nuevo en la más profunda oscuridad.

Pero tú eres fuerte. No quieres olvidar tus recuerdos pero tampoco quedarte anclada a ellos, necesitas buscar tu presente, tu aquí y ahora, para poder aprovechar cada momento de tu vida al máximo. Así que vuelves a levantarte, con las fuerzas repuestas y sigues, sigues corriendo sin parar, cada vez adquiriendo más velocidad porque el miedo vuelve a invadirte las entrañas. Miedo a volver a caer, a no saber cómo sobreponerte de nuevo.

Sin embargo, consigues llegar al final. Atraviesas aquella película luminosa y notas el calor invadiéndote el cuerpo. Estiras el brazo y de pronto… de pronto sientes como alguien te tiende la mano. La aferras fuerte, no quieres perderla.

Es entonces cuando ocurre, invitándote a trazar las líneas de un nuevo futuro, un futuro junto a él.