viernes, 25 de octubre de 2013

Una y otra vez

Y tal vez un día seas capaz de darte cuenta de que las cosas no son así.

<<Abre los ojos, niña>>, me digo. No esperes de la gente aquello que tú haces por ellos. Eso es sólo fruto de tu imaginación, fruto de tu inexperiencia inocente, fruto de tu “no querer creer”.

Sin embargo, poco a poco te vas dando cuenta de que la gente se acostumbra. Se acostumbra a la buena vida, a que todo se lo den hecho y mascado. Pero no, no siempre puede ser así.

Una y otra vez volverás a pensar “¿qué hago mal?”. Y seguirás sin entender. Seguramente, no estés haciendo nada mal. Seguramente, es que sigues esperando de las personas cosas que por ellas mismas no son capaces de darte. Seguramente, para ti un simple gesto es todo un mundo, y para otras personas es solamente una cosa minúscula que no hace falta demostrar.

Una disputa, y otra, y otra. Me quemo. Mi corazón arde, me desarmo, lloro. ¿Y qué más da, si no van a comprender? ¿Qué importa cuánto estés sufriendo, si eso es solamente cosa tuya?

Te hacen creer que tú eres el error. No eres el error. El error se forma cuando no se quiere ver, cuando no se quiere entender.

Yo, mí, me, conmigo. Maldita frase egoísta.

Pedimos cariño, pedimos que nos entiendan, que nos escuchen, que sean capaces de ver aquello que otros no pueden. Porque por ello sois especiales para alguien, porque por ello sois su mayor apoyo.

Te necesito tan cerca que incluso ardes al tocarte. Pero también congelas cuando te distancias.

Tan cerca y a la vez tan lejos. Tan cerca de mi cuerpo, pero tan lejos de mi alma.

Y esto es una historia que no para de repetirse una y otra vez. Y una y otra vez te desmoronas, aunque intentas sobreponerte. Pero todos tenemos un límite, aunque no lo queramos. Y, a veces, el sufrimiento es tan grande que termina desbordándose. Termina haciéndote decir cosas de las que luego puedas arrepentirte. Y así una y otra vez, una y otra vez, pero… ¿hasta cuándo?


jueves, 17 de octubre de 2013

Que se pare el tiempo un momento

Lágrimas corrían por mis mejillas sin parar. No quería llorar, pero tampoco deseaba que cesaran.

Había pasado una semana maravillosa junto a él y, ahora, ese tiempo se nos agotaba. A pesar de vivir ambos en la misma ciudad, yo notaba que algo se me desmoronaba. Veinticuatro horas del día juntos pasarían a convertirse en sólo unas pocas horas a la semana.

Le abracé, me dejé embriagar por su calor, por su olor, por su ternura, mientras notaba cómo correspondía a mi abrazo.

Allí, con él al lado, era como mejor me sentía. Le tenía junto a mí, y él me envolvía con su brazo haciéndome sentir muy pequeñita y muy segura a la vez.
Nos quedamos en silencio, intentando ambos que yo dejara de llorar, tarea que se había convertido en difícil. 
  
          -    Para el tiempo, por favor, páralo –le dije.

Él, sin decirme nada, se limitó a mirarme con aquellos profundos ojos marrones, me cogió de la barbilla muy dulcemente y me besó.

Realmente, al principio no entendí bien por qué lo hizo justo en aquel momento pero, conforme más tiempo pasaban sus labios sobre los míos, pude comprobar que esa era la forma más maravillosa de hacer que las agujas del reloj se detuvieran.

domingo, 3 de junio de 2012

El reto


-    ¿Por qué no subes? –le retó Alejandro.

-    Oh, venga. Eso es una tontería. Qué ganas de arriesgar la vida –se defendió Antonio.

-    Es solo un juego –le animó otro chico-. No puede pasarte nada. Nosotros lo hemos hecho.

Antonio volvió a mirar el alto precipicio que se dibujaba frente a él. Se habían dispuesto a escalarlo a pesar del peligro que aquello suponía. Alejandro le dio un pequeño empujón a su amigo, devolviéndole al mundo.

-    Bueno, ¿qué? –le insistió.

-    Venga, vale. Lo haré –aceptó Antonio.

El chico respiró fuertemente, tratando de tranquilizarse. Se acercó a la vertical rocosa, y paseó sus dedos por ella buscando donde agarrarse. Cuando halló una zona que consideró más o menos segura, se alzó sobre los talones y pegó un fuerte impulso.

A medida que ascendía, intentaba situar los pies con firmeza mientras buscaba un nuevo lugar donde colocarse. En uno de esos movimientos, el pie se le resbaló, desprendiendo pequeños fragmentos de roca. Sus compañeros se apartaron, alarmados.

-    ¡Ten cuidado! –gritó Sergio, el segundo chico.

Toda la entereza que Antonio había tenido al principio se esfumó tan rápido como había llegado y, de pronto, se sintió como un niño pequeño cohibido ante una posible regañina, asustado.

Las manos comenzaron a sudarle y el cuerpo le temblaba sin que pudiera remediarlo. Su mente bullía sin parar, concienciándole cada vez más de que aquello había sido una estupidez. Dio un par de pasos más pero las fuerzas comenzaron a fallarle. Aquel miedo le había producido cansancio y una angustia por querer llegar cuanto antes a arriba. El sudor le cuajaba la frente. «Ya falta poco», se animó. Apenas le quedaba un metro para llegar cuando, de nuevo, sus pies volvieron a deslizarse por la superficie.

Cerró los ojos y, de pronto, una mano le aferró la muñeca con determinación, impulsándole hacia arriba.

En cuanto estuvo en tierra firme se quedó arrodillado unos segundos, respirando agitadamente. Luego, alzó la cabeza para ver la cara de su salvador.

Era un chico desconocido; tendría su misma edad. Sus compañeros habían asistido a la escena con el rostro entre compungido y aterrado. No recordaba haberlo visto nunca, a pesar de vivir en un pueblo pequeño. Antonio le dio las gracias tartamudeando. El otro muchacho le hizo un gesto con la mano y se alejó.

Sus amigos llegaron enseguida y le ayudaron a levantarse.

Días más tarde, Antonio preguntó a todo el mundo por aquel chico pero, para su sorpresa, nadie lo conocía: había desaparecido sin más, como si nunca hubiese existido.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Sentimiento

Dos mentes unidas por un mismo pensamiento. Dos corazones guiados por un único sentimiento. Dos pares de ojos fundidos por dos miradas. Dos manos entrelazadas por un mismo tacto. Dos bocas selladas por un beso.

 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cruce de miradas


El ambiente estaba caldeado. Olía a humo y había mucha gente. Sin embargo, la música era buena, así que decidimos quedarnos allí. Llevábamos un buen rato buscando un local que fuera a gusto de todos, tarea un tanto complicada pero que al final pareció conseguirse.

Tras nuestra última pelea, hacía tan sólo dos días que no sabía de él, pero para mí aquello me había parecido semanas, meses. En definitiva, una eternidad.

La necesidad de estar junto a él me urgía por las venas, desembocando en mi corazón y antojándoseme un sentimiento de tristeza, frustración, añoranza…

Sacudí la cabeza. No debía pensar en ello. Estaba dispuesta a olvidarme de todo aquella noche y pasármelo bien. Además, la música ayudaba. Giré la cabeza y vi a mis amigos bailando al son de la misma. Me uní rápidamente a ellos, dejando que la melodía me envolviera, activando todos mis sentidos y alejando mi mente de cualquier pensamiento.

Al cabo de un rato, estábamos todos saltando, sonriendo, divirtiéndonos. Habíamos creado un círculo y cantábamos a voz de grito todas las canciones que conocíamos. Cambié una mirada con María, mientras bailaba con ella.

Fue entonces cuando ocurrió. El cuerpo entero se me paralizó, y no podía alejar la vista de allí. Un cabello moreno y una constitución que conocía a la perfección asomaron entre el gentío. Alcancé a elevar la mirada y ver cómo la suya se cruzaba con la mía. Desvié la vista rápidamente, pensando que simplemente eran alucinaciones mías. Volví a mirar… y vi sus ojos clavados en los míos. Sin embargo, su mirada no era de odio o de rencor, si no….

        -  Ey, tía. ¿Qué te pasa? – mi amiga miró en mi misma dirección, pero él ya se había
           ido.

        - Nada, no te preocupes.

Intenté concentrarme de nuevo en la música, volver a moverme a su son. Pero mi mente bullía a cien por hora y mi corazón latía con tanta fuerza que pensé que se me iba a salir del pecho. Alcé de nuevo la vista, para ver si se le veía. No hubo suerte. <Se habrá ido ya>, pensé.

       - Voy a salir un rato fuera. Vengo ahora.

       - Espera, te acompaño –me respondió María.

       - No. Tú quédate aquí. No tardo.

Necesitaba salir de allí. Necesitaba despejarme, tomar el aire y volver a recobrar la cordura. El local se había vaciado un tanto, así que no me costaba mucho trabajo escurrirme entre la gente.

       - Ay, perdón –me había chocado con alguien, que, habiéndome molestado este gesto, 
         me había agarrado de la cintura con un brazo.

Sin embargo. Algo en ello me resultaba familiar. Miré hacia arriba para ver quién había tenido la osadía de cogerme así. Y, de nuevo, el tiempo pareció pararse, dejándome completamente sin una palabra coherente que soltar.

       - Vaya, pensé que te habrías marchado ya.

       - Puedes comprobar que no –sonrió Rubén. El silenció reinó entre ambos por un corto
          instante de tiempo, hasta que él lo rompió, tarareando la letra de la canción que 
          estaba sonando.

En seguida, me encontré bailando al compás de aquella música que ambos conocíamos. Le sentía peligrosamente cerca. Sin embargo, era un punto de atracción para mí. No podía alejarme de él. Y Rubén, a su vez, tampoco luchaba por separarse.

De pronto, todo empezó a darnos igual. Volvimos a retomar viejos tiempos, y, aunque manteníamos las distancias, notábamos a la perfección el uno el calor del otro.

Nos detuvimos. Su frente se apoyaba en la mía y había cerrado los ojos.

       - Dime cómo hemos llegado a esto –me dijo.

Suspiré.

       - No lo sé –me limité a decir.

       - Lo siento. Lo siento por todo –soltó de pronto, pero le corté poniendo un dedo sobre 
         sus labios.

       - Yo también lo siento. Pero, ahora, ¿qué más da ya? Prefiero pensar en el presente.
         Todos cometemos errores, sólo tenemos que aprender de ellos.

Una sonrisa se dibujó en sus labios. Esa sonrisa que tanto había añorado y la cuál se borró enseguida, porque depositó sus labios sobre los míos, suavemente al principio, luego con más pasión. Me cogió la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

No sé cuánto tiempo permanecimos así, con la gente bailando a nuestro alrededor. Pero de lo único que estoy segura es que nos envolvimos en nuestra propia burbuja en la cual nadie podría romper aquel momento.

lunes, 29 de agosto de 2011

Por su sonrisa

Juan caminaba aquella mañana solo. Su familia había partido de visita hacía poco a Santander. El puerto lucía un sol espléndido y unas aguas adormiladas moviéndose al son de aquel tranquilo lugar. Los rayos de aquella esfera anaranjada incidían sobre su blanca piel, provocándole una agradable sensación.

Solía pasear con sus nietos por allí, una niña muy activa de cuatro años y un niño que no podía serlo. Una enfermedad le había quitado parte del movimiento propio. Su hija y su marido hacían cuanto podían por él, pero por mucha ayuda, aquello no era suficiente.

- Hola.

El dueño de uno de los barcos saludaba a Juan con su típico aire cordial. Sí, conocía muy bien a aquel hombre… y también parte de su dolorosa vida.

Marcos conducía en coche, una noche serena, tranquila, con indicios de perfecta, cuando venía camino a recoger a su mujer y su hija que habían estado viendo una obra de teatro. Ellas y su afición, pensó.

La carretera era antigua de doble sentido y las líneas no estaban bien señaladas. La suerte tal vez no le sonriera en ese momento, y otro vehículo se les interpuso por medio.

Sólo sobrevivió él. Nunca podrá perdonarse el haber matado a su familia. Todos intentan hacerle entrar en razón, convencerle de que no fue su culpa, pero ante tal dolor, es difícil ser racional.

- Bueno días, Marcos –saludó el anciano.

El hombre se entristeció al no ver a los pequeños.

- Los niños… ¿hoy no le acompañan?

- No, hoy no. Están en Santander.

- Vaya… qué pena, tenía ganas de ver a Gabriel.

Juan no pudo evitar sonreír.

Tal vez, Marcos se habría quedado sin familia, pero había encontrado una nueva en ellos, porque, como bien decía él, no había nada que le alegrara más que ver la sonrisa del niño cuando lo aproximaban en su silla hasta él. Y esa mirada que le lanza con esos grandes ojos oscuros cuado va a darle un beso… le inspira un ánimo que ni muchos podrían proporcionarle.

Ciertamente, Gabriel habría perdido movimiento, pero con la mirada podría mover montañas, de eso Marcos estaba seguro, porque sabía canalizar todos sus sentimientos a través de ella. Sentimientos puros, limpios… completamente sinceros, que ansiaba con fuerza mostrar al mundo. Su mejor manera de expresarse, de hablar, de hacer sentir feliz a la gente.

- ¿Me haría un favor? –pidió el navegante.

- Claro –convino Juan.

- Dígale a su hija, que mañana a las diez de la mañana, tocaré la bocina de mi barco muy fuerte sólo por el pequeño.

El anciano no pudo evitar poner una cara de sorpresa, sin embargo, se repuso enseguida y asintió silenciosamente.

A la mañana siguiente, la madre del niño miró el reloj y en cuanto Gabriel comprendió lo que hacía su madre, una sonrisa inundó su cara, transmitiéndole una alegría extrema, porque sabía, de alguna manera, que alguien se estaba acordando de él, alguien con el cual compartía un dolor parecido: escasez de movimiento en el cuerpo, escasez de movimiento en la vida.

Porque una sonrisa vale más que un conjunto de palabras. Porque con una de ellas, puedes hacer feliz a las personas. Porque siempre se debe sonreír. Porque puede hacer aflorar otra en cara ajena. Porque gracias a ella… Marcos ha encontrado un significado a su vida, que le permite seguir con las ganas de afrontar aquello que se le interponga.

martes, 2 de agosto de 2011

Nuevas líneas de un mañana

<< Y es que mi mente empieza a girar, a dar vueltas en torno a un único pensamiento. Imagino cómo sería poder retroceder y volver a vivir  aquellos momentos dónde todos nos llevábamos bien, donde no había conflictos ni rivalidades>>

Ana dejó la pluma sobre la mesa, releyendo aquellas palabras que había escrito. Las notó cargadas de rabia. De rabia y de dolor. Intentaba desentrañar el misterio del efecto del tiempo sobre las cosas. Sobre las cosas, las amistades, las relaciones… sobre todo lo que nos rodea.

Suspiró. No había nada que hacer. Aquello se había convertido en un círculo vicioso y parecía que ella era la única que estaba en desacuerdo con esa situación. Quería volver atrás en el tiempo y revivir tantísimas cosas que ahora habían desaparecido. A menudo, le asaltaban en la mente imágenes pasadas, y no podía evitarla añorarlas.

Miró una foto que tenía pegada en la pared. Allí estaban, sonriendo. Sin embargo, había cambios, miradas nuevas y otras desaparecidas.

-   Ana, vamos a llegar tarde. Se nos ha echado el tiempo encima –su madre había asomado la cabeza tras la puerta y la miraba con ojos cargados de inquietud.

Una sonrisa se le dibujó en la cara.

-   Voy, mamá. Dame un minuto.

Giró la vista de nuevo hacia la fotografía y, sin pensárselo dos veces, la arrancó y la guardó en un cajón. Después, se sentó de nuevo y terminó de escribir aquello que había dejado a medias, permitiendo que esas últimas palabras salieran con valentía:

<< Quién sabe. Tal vez sea hora de pasar de página>>